Título : Agenda de un Gigoló   Testimonio Real

Autor : Carlos Campos Colegial

Diseño de portada e ilustración:
 
Carlos Campos Colegial

Maquetación: Carlos Campos Colegial

Corrección del texto : 

Carmen Marlene Rojas Ibarra


Está permitida la reproducción total o parcial de esta obra por todos los medios actualmente disponibles, con la condición de que no se haga con fines lucrativos ni se modifique su contenido.


Dirección Nacional de derechos de autor

N° de Registro de propiedad intelectual

10-1560-300

Página web oficial del libro

https://agendadeungigolo.webnode.com.co

Correo electrónico : cacc999@gmail.com

Primera Edición: Enero 19 de 2027



                            AGENDA DE UN GIGOLÓ                              CARLOS CAMPOS COLEGIAL

A diferencia de los relatos anteriores, este se desprende de Esperando a Mariana, que a su vez es un apéndice de Mis últimos 50 años. Por lo tanto, nos remitimos a dicha obra para recordar que uno de los locales que formaban parte de la casa de Mariana estaba ocupado por la sastrería de don Remigio Cañas.

Mauricio, uno de los hijos de don Remigio, se independizó desde muy joven y desde entonces reside en Cartagena en compañía de su esposa, Lauren Ospina. Ambos mantenían una relación abierta que le permitía a él tener otros vínculos de forma paralela; la única condición que Lauren le exigía a Mauricio era que no le pidiera ejercer la maternidad, pues le tenía un pánico que la descomponía de solo pensarlo.

En una de las constantes visitas de Mauricio a Salazar de las Palmas, coincidió en casa de sus padres con Patricia Monteverde, una dama elegante y bella que se desempeñaba desde hacía tiempo como tesorera del municipio. Como ella se encontraba sin pareja, surgió entre ambos un romance que se intensificó con el tiempo y parecía que sería definitivo. Patricia aceptaba el vínculo previo de Mauricio con Lauren, y esta, a su vez, toleraba las infidelidades de su esposo —como lo había hecho hasta entonces—, consintiéndolas y haciendo caso omiso para que no fueran un obstáculo en su relación, la cual funcionaba bien en otros aspectos.

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Patricia, a semejanza de Lauren, le exigía a Mauricio una fidelidad absoluta. Aunque era un compromiso difícil de cumplir para él —dado su comportamiento díscolo, que había sido la constante hasta entonces—, Mauricio se comprometió a cambiar radicalmente. Logró cumplir su promesa durante casi un año, hasta que algo inesperado sucedió y sepultó de tajo la relación con Patricia, iniciando una faceta que él desconocía totalmente, a pesar de saber que dicha condición era muy común en la "Ciudad Amurallada".

El hilo conductor de este relato es el mismo pariente quien, al ver que la historia de Esperando a Mariana se hacía realidad, se entusiasmó y contactó a Alberto Leal Franco. Cuando Alberto se quedó sin vivienda en Salazar, mientras esperaba cumplir los 70 años para ingresar al asilo del pueblo, Mauricio y Lauren le dieron albergue durante mucho tiempo. Entre ellos surgió una relación tan entrañable que Mauricio terminó confesándole a qué se dedicaba desde hacía un tiempo en Cartagena; ese era el motivo de sus esporádicas ausencias injustificadas, las cuales contaba con la total complicidad de Lauren.

Mi pariente me comentó que la relación entre Mauricio y Patricia funcionó a las mil maravillas. Él viajaba con más frecuencia a Salazar con el pretexto de visitar a su familia y, cuando surgía la oportunidad, Patricia se desplazaba a Cartagena o Barranquilla según lo programado. Para Lauren, fue una época extraña debido al cambio en el comportamiento de su marido, al punto de llegar a pensar que finalmente había sentado cabeza, tal como ella le comentaba a sus amigas cuando comentaban el cambio en el comportamiento radical de Mauricio.

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El sábado 20 de octubre, Lauren quien se encontraba en Bogotá, recibió una llamada de Fernado Tapias quien le solicitaba el favor de prestarle un dinero mientras llegaba la pensión a fin de mes.

Hacia las cuatro de la tarde, Mauricio recibió una llamada de Lauren. Ella le pidió el favor de desplazarse hasta la cafetería del almacén Vivero de San Diego, en el centro de Cartagena, donde lo esperaría Fernando. Debía entregarle 200.000 pesos que este necesitaba con urgencia y que ella se había comprometido a conseguir. De inmediato, Mauricio salió hacia el lugar sin siquiera sospechar que el destino estaba fraguando uno de los tantos vericuetos que tiene para cambiarnos la vida radicalmente y para siempre, como ocurriría en esta oportunidad.

Como se había tomado unos cuantos tragos de aguardiente con un amigo, optó por no usar su vehículo y trasladarse en transporte público. Al llegar, debía caminar unos metros desde donde lo dejó el taxi hasta el Vivero de San Diego. En ese trayecto, divisó a una dama esbelta y elegante, ataviada con un vaporoso vestido blanco ajustado al cuerpo que resaltaba su belleza física, complementada por un par de zapatillas de tacón número 10 que manejaba a la perfección.

Ella estaba muy entretenida en un puesto de venta callejera. Mauricio hizo amago de devolverse, pero cuando estuvo a punto de saludarla, se arrepintió. Se hizo a sí mismo una promesa que seguramente no se cumpliría: si después de entregarle el dinero a Fernando regresaba y ella aún se encontraba allí, la abordaría. Era algo que no hacía desde que formalizó su relación con Patricia, a quien, a propósito, acababa de llamar para comentarle que saldría a hacerle el favor a Lauren y a su amigo.

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Mauricio se demoró en el interior del almacén pues, al encontrarse con Fernando, este lo invitó a tomar un café. Él aceptó y, después de un rato de charla, se despidieron. Mauricio retomó el camino por donde había venido; para ese momento, ya había olvidado el avistamiento de la hermosa dama de blanco. Sin embargo, sucedió algo impensable: a pesar de la demora, ella aún se encontraba allí, en un puesto de venta de CD.

Él se acercó y, extendiendo su mano, la saludó identificándose como Mauricio Cañas. Ella respondió al gesto de igual manera: «Mucho gusto, María Fernanda». Para terminar de romper el hielo, Mauricio le comentó que venía de encontrarse con un amigo que se llamaba, precisamente, Fernando. Ante la coincidencia, invitó a María Fernanda a tomar algo, lo cual ella aceptó con la condición de que fuera en un excelente sitio. Mauricio miró a su alrededor y se topó con un aviso luminoso que acababan de encender: Barra Sandiegana.

Por referencia de algún amigo, Mauricio había oído hablar del lugar y de su buena calificación. Se dirigieron hacia allá y el ambiente los cautivó: era pequeño, bastante acogedor, con música variada y a un volumen que permitía hablar tranquilamente. Pidieron un whisky; el de Mafe —como acordaron llamarla— a las rocas, y el de Mauricio, puro. Después del segundo trago y de sentirse ambos «en su salsa», se animaron a pedir la botella, la cual consumieron trago a trago hasta la medianoche. Mafe era de Bogotá y tenía un apartamento muy cerca del lugar, el cual utilizaba generalmente dos veces al mes cuando pasaba fines de semana en aquella exótica ciudad. Lo que surgió de aquel encuentro cambiaría radicalmente la vida de Mauricio.

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Salieron de La Barra Sandiegana y se dirigieron al apartamento de Mafe. Allí, la señora que la atendía durante el día había dejado un sancocho exquisito que aún estaba tibio, el cual degustaron ávidamente antes de entregarse a las mieles de la lujuria y sus derivados hasta el amanecer. Durante esa noche, Mafe le confesó a Mauricio el motivo por el cual se encontraba en Cartagena y sola en ese momento: resulta que la Plaza de Santo Domingo es un lugar al que acuden señoras de todo tipo, estrato y edad en busca de encuentros furtivos y fugaces con caballeros de diversa índole. Por referencia de una amiga, Mafe pensaba dirigirse allí para contactar a alguien que, de forma anónima, la atendiera tal como lo había hecho Mauricio aquella noche.

Como es de imaginar, la relación entre Mauricio y Patricia se rompió irreparablemente a partir de aquel día. Además de haber apagado el celular, cuando finalmente se comunicaron a media mañana del domingo, Mauricio reconoció haber cometido uno de los peores errores de su existencia. No obstante, como él mismo decía, «los errores se pagan con plata o con la vida»; este, desafortunadamente, debía asumirlo con la vida. Ante lo irreconciliable de la situación por parte de Patricia, no quedó más remedio que hacerse a un costado de forma definitiva.

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